Desde pequeño me han gustado las historias y los mundos imaginarios.
Crecí entre libros, videojuegos, dados, mapas y aventuras, y entre aquellas primeras pantallas que hoy parecen casi arqueología tecnológica: el Spectrum, la Game Boy, Nintendo, Atari, Sega Mega Drive y tantas otras consolas capaces de abrir mundos enteros con apenas unos píxeles, algo de sonido y mucha imaginación.
“Una buena historia no solo se mira desde fuera, se atraviesa.”
Cada partida tenía un territorio nuevo, una misión, un reto que resolver, un camino secreto o una decisión que podía cambiarlo todo. Quizá entonces no lo sabía, pero ahí empecé a entender algo que todavía me acompaña.
Después llegaron los juegos de rol: durante años jugué a Dungeons & Dragons, El Señor de los Anillos, Rolemaster, RuneQuest y La llamada de Cthulhu. Bastaban una mesa, unos dados, un mapa y ganas de imaginar para que aparecieran ciudades, criaturas y misterios enteros. Un mapa dejaba de ser un dibujo, una puerta cerrada podía cambiar una tarde entera, y un personaje inventado terminaba importándome mucho más de lo previsto.
De aquellos años me quedó la costumbre de preguntarme qué habrá detrás.
Después llegó la ingeniería.
Estudiarla me enseñó a ordenar, analizar y entender cómo funcionan las cosas por dentro — y que un problema enorme resulta mucho menos intimidante en cuanto lo divides en partes pequeñas. Esa forma de pensar me acompañó después en la empresa, y sigue conmigo hoy: observar, probar, equivocarme, corregir y buscar una solución mejor. Curiosamente, también resulta útil a la hora de escribir un libro.
Más tarde llegó la docencia.
Y descubrí que saber algo y saber explicarlo son dos cosas muy distintas. Enseñar obliga a buscar otros caminos: observar, escuchar, probar otra explicación cuando la primera no funciona, y convertir algo complicado en algo que el otro pueda entender.
Es construir puentes.
Por eso buena parte de lo que escribo tiene que ver con la divulgación: me gusta explicar, pero sobre todo me gusta que alguien termine una página sabiendo algo que no sabía antes.
Con el tiempo, todas esas piezas empezaron a encajar: la imaginación de los juegos, la estructura de la ingeniería, la experiencia de la empresa y la claridad necesaria para enseñar. Y ahí apareció la escritura, aunque seguramente llevaba allí desde el principio.
Hoy escribo libros educativos, libros de texto para editoriales, obras ilustradas para niños y familias, novelas de terror, fantasía y ciencia ficción, además de otros proyectos que nacen de esa mezcla entre conocimiento e imaginación.
Pero escribo mucho más de lo que se publica.
Hay historias que se quedan en una carpeta. Novelas que quizá nunca salgan. Ideas que ocupan diez páginas y no llegan a ninguna parte. Antes pensaba que era tiempo perdido; ahora sé que también forma parte de escribir. No todas las páginas necesitan llegar al escaparate — algunas existen para enseñarte a escribir la siguiente.
También necesito la calma de la tierra.
Cuando el ruido de las pantallas, los libros y las ideas se vuelve demasiado grande, me tranquiliza cultivar mi huerto, cuidar las plantas, cosechar mis propios alimentos y atender a mis gallinas. La tierra no entiende de notificaciones ni de fechas de entrega: hay que plantar, cuidar y esperar, y esperar también viene bien — es una forma sencilla de recordar que no todo tiene que pasar ya.
Intento que cada libro tenga camino, ritmo y sentido. Unos nacen para explicar el mundo real; otros, para inventar mundos que no existen. Pero todos parten del mismo sitio: la curiosidad.
Es construir caminos.
Algunos caminos llevan a aprender algo nuevo. Otros conducen a una casa encantada, a una nave en mitad del espacio, a una civilización antigua, a una criatura imposible o a una pregunta que cambia la forma de mirar el mundo.
Pero todos empiezan igual: con una puerta entreabierta y las ganas de descubrir qué hay al otro lado.